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¿Estoy preparado para entregar el yoga?

Por: Hari Sankirtan Das. Alejandro Arango M.
Fotos: Kavi Karnapura Das.
En la práctica del yoga y en la formación de maestros e instructores surge a menudo la pregunta de ¿en qué momento ya estoy preparado para entregar el yoga? Esta pregunta tan esencial y tan prudente nos lleva de entrada cuestionarnos sobre “el tiempo”.
En los vedas (esa hermosa fuente de sabiduría de la cual heredamos el yoga y tantas otras cosas) encontramos una y otra vez interesantes historias que nos permiten explorar el fenómeno del tiempo. En ellas se demuestra como toda una vida en este plano es un pequeño parpadeo en otros; tal como la mariposa vive toda su extensa vida en lo que para nosotros es un simple día.
En un famoso pasatiempo Krishna, queriendo mostrarle a Narada Muni los por menores de la vida familiar, le pidió ir por un poco de agua. Mientras Narada estaba en el pozo se encontró con una mujer de la cual se enamoró, se casó con ella, tuvo hijos y, en fin, todas las circunstancias de tener una familia. Finalmente ocurrió una desgracia y una enorme inundación arrasó con el lugar en donde vivía Narada con su familia, quien en medio un gran dolor perdió a su esposa e hijos. Después de quedar a salvo tirado en una orilla Narada es despertado por Krishna que le pregunta: “¿Por qué tardaste tanto con mi vaso de agua?”
Como esta hay muchas historias a partir de las cuales podemos establecer de entrada la salvedad de que en relación con el tiempo en este plano nada es tan absoluto. Por otro lado, también es cierto que acá (como yoguis y seres humanos en general) tenemos que medirlo de alguna forma y ayudarnos con unidades que podamos cuantificar para regularizar nuestra práctica y proyectar nuestro progreso. La mala, por ejemplo, tiene por eso (entre otras cosas) 108 pepitas y se debe cantar 16 rondas todos los días como parte del sadhana progresivo.
En el mismo sentido algunas de las formaciones en yoga, tanto en su énfasis en asanas como en meditación o filosofía se han establecido bajo el estándar de 200 horas o 500 horas. Efectivamente esto es poco. Transmitir las enseñanzas del yoga (tanto en asanas como en meditación o filosofía) con responsabilidad es algo que requiere constancia y entrenamiento eficaz. Según la dedicación y el esfuerzo de cada uno los tiempos se hacen relativos, de ahí que asegurar que todos por atender 200 horas pueden hacerlo es definitivamente un mal necesario para regularizar el proceso.
Ahora bien, encontrar el tiempo propio es una tarea que exige cuidado. Por un lado, podemos pensar que ya estamos preparados con sólo atender un poco, cosa que puede ser bastante riesgosa, y por otro lado podemos pensar que nos falta mucho para poder entregarlo y así llegar al otro extremo y nunca hacerlo. Y de paso y lo que puede ser más grave, criticar a quienes lo hacen basados en nuestra propia exigencia desmedida.
En la primera opción, el sobreestimarse puede dejar personas heridas a nivel físico, mental y hasta existencial. Mientras que la segunda opción puede dejar gran parte de la ayuda que se puede brindar de forma amplia a los demás sencillamente anulada.
Para contrarrestar esto es necesario algo que hace parte fundamental en la transmisión del saber (siempre presente en la educación ancestral y muy dejada de lado por la educación moderna), y es la relación directa entre el maestro y el estudiante, en donde más allá de los tiempos que impone un programa académico determinado, la opinión personal del maestro sobre el estudiante es el criterio y la bendición última. Última, para comenzar, porque guru, sadhu y sastra, es decir la instrucción del mismo maestro, más la bendición de otros yoguis en sus distintos niveles y de las enseñanzas consignadas en los textos guías, siempre deben seguir presentes.
Si alguien en verdad quiere acercarse a las enseñanzas más confidenciales del yoga debe valorar ese elemento que guardan las escuelas iniciáticas y que es, nada más y nada menos, lo que ha permitido que la pureza de esta ciencia milenaria se mantenga vigente.
Existe otra serie de argumentos que deben ser sumados a la medida anterior y que nos ayudan a superar el otro extremo pernicioso de no sentirnos lo suficientemente preparados.
Primero Caitanya Mahaprabhu, el revolucionario yogui sin el cual las enseñanzas profundas del yoga nunca se hubieran expandido por el mundo, pidió que diéramos las buenas nuevas del yoga a todos los que encontraramos: yāre dekha, tāre kaha ‘kṛṣṇa’-upadeśa. (CC Madhya 7.128).  De la misma manera en el Bhagavad Gita, Krishna menciona que no hay nadie más querido para él que quien enseña a otros lo revelado en su diálogo con Arjuna: bhavitā na ca me tasmād / anyaḥ priyataro bhuvi (B.G. 18.69). De forma que, en el aspecto más cercano, es casi seguro que si tu propio maestro conoce tales instrucciones va a estar animado a que: por un lado, practiques con seriedad y, por otro, empieces a difundir el yoga pronto.
A esto podemos sumarle el ejercicio de pensar cómo en la gran mayoría de casos, en la vida de cada uno de nosotros pudimos conocer el yoga y hacer algún avance en él, sencillamente porque alguien, que seguramente no se sentía plenamente preparado y seguro, se atrevió a enseñarnos.
Finalmente (y sobre todo), para lograr que llegue ese día en el que nos decidimos (con nervios pero con alegría) a compartir el yoga, debemos saber que a la constancia y el entrenamiento, hay que sumarle el deseo sincero del corazón, que no solamente fundamenta los dos anteriores sino que es lo que en definitiva regula la relatividad del tiempo.

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